Cristóbal Anguita | Cuando la comida fácil se vuelve peligrosa 

Sobre el artículo 

Las pesquerías pueden representar una fuente de alimento muy atractiva para las aves marinas. Los descartes y otros recursos asociados a los barcos ofrecen alimento abundante y predecible, lo que puede facilitar el forrajeo e incluso aumentar la reproducción o el reclutamiento. Pero esos mismos barcos también pueden representar una fuente importante de mortalidad por captura incidental. 

Nuestro artículo nació de una pregunta relativamente sencilla. ¿Qué ocurre cuando un ambiente ofrece beneficios reales a corto plazo, pero al mismo tiempo aumenta el riesgo de mortalidad? 

Abordamos esta pregunta utilizando el concepto de trampa ecológica compensatoria. En una trampa ecológica, los animales continúan utilizando un ambiente atractivo que finalmente reduce su desempeño biológico. En nuestro caso, la situación es especialmente interesante porque el ambiente riesgoso no es necesariamente “malo” en todos sus componentes. Los subsidios tróficos pueden mejorar el éxito de forrajeo y favorecer el reclutamiento, mientras que la captura incidental reduce la supervivencia.

Para explorar este mecanismo desarrollamos un modelo basado en individuos, espacialmente explícito y bioenergético. Los individuos se mueven, se alimentan, acumulan y gastan energía, se reproducen y mueren. También utilizan su experiencia previa de forrajeo para informar sus decisiones posteriores. De esta manera, la trampa no se impone directamente en el modelo, sino que puede emerger de la interacción entre el éxito de forrajeo, la memoria, el uso posterior del hábitat y la mortalidad. 

Uno de los principales resultados fue que los beneficios de corto plazo pueden esconder costos demográficos de largo plazo. Cuando la mortalidad era baja, los subsidios podían aumentar el reclutamiento y favorecer el crecimiento poblacional. Sin embargo, al superar determinados niveles de mortalidad, esos mismos subsidios continuaban reforzando el uso de ambientes riesgosos, aumentando la exposición de los individuos y generando finalmente disminuciones poblacionales. 

También encontramos que la historia de vida importa. Las estrategias lentas, como las de los albatros, fueron especialmente vulnerables porque las pérdidas de supervivencia son difíciles de compensar mediante aumentos en reproducción. Las estrategias de vida más rápidas fueron más resilientes y, bajo niveles bajos de mortalidad, podían incluso beneficiarse demográficamente de los subsidios. 

Más allá de las aves marinas y las pesquerías, nuestro trabajo muestra que los recursos proporcionados por los seres humanos no deberían evaluarse solamente según sus beneficios inmediatos. Vertederos, alimento suplementario, cultivos, descartes pesqueros y otras fuentes antropogénicas pueden modificar las decisiones de los animales y, al mismo tiempo, exponerlos a nuevos riesgos. Comprender estas interacciones entre conducta y demografía es fundamental para evaluar sus verdaderas consecuencias ecológicas. 

Sobre la investigación 

Este trabajo corresponde al segundo capítulo de mi tesis doctoral y surgió como parte de una pregunta más amplia sobre cómo las interacciones entre aves marinas y pesquerías pueden convertirse en trampas ecológicas. 

En una primera etapa de la tesis abordamos este problema desde una perspectiva comparativa. Buscamos entender qué especies de aves marinas son más propensas a utilizar los recursos proporcionados por las pesquerías y cuáles son, al mismo tiempo, más vulnerables a la captura incidental. Ese trabajo mostró una asociación particularmente fuerte en especies de estrategia de vida lenta, como los albatros, y nos llevó a una pregunta que ya no podía responderse solamente a partir de esos patrones. ¿Qué mecanismos podrían generar esta relación y bajo qué condiciones los beneficios de los subsidios tróficos podrían compensar, o no, los costos de la mortalidad? 

El segundo capítulo, que dio origen a este artículo, fue nuestro intento de abordar esa pregunta desde una perspectiva mecanicista. En lugar de recolectar un nuevo conjunto de datos de campo, desarrollamos un modelo basado en individuos que nos permitió representar explícitamente cómo el forrajeo, la memoria, el uso del hábitat, la reproducción y la mortalidad interactúan a lo largo de la vida de los individuos. También simulamos estrategias de historia de vida lentas, intermedias y rápidas para entender por qué una misma combinación de subsidio y mortalidad puede tener consecuencias muy distintas entre especies. 

Uno de los desafíos más interesantes fue conectar procesos que ocurren a escalas temporales muy diferentes. Una decisión de movimiento puede ocurrir en cuestión de horas, el éxito reproductivo se observa durante una temporada y las consecuencias poblacionales de esas decisiones pueden tardar décadas en manifestarse. El modelo basado en individuos nos permitió seguir esa cadena completa, desde las decisiones de forrajeo de cada individuo hasta la persistencia de una población. 

Probablemente el resultado que más me sorprendió fue que un aumento en el reclutamiento no necesariamente significa que una población esté mejorando. En determinadas condiciones, los beneficios asociados a los subsidios podían coexistir con una reducción de la supervivencia y con una disminución poblacional en el largo plazo. Esa diferencia entre lo que parece beneficioso inicialmente y lo que finalmente ocurre con la población es justamente lo que hace tan interesante el concepto de trampa ecológica compensatoria. 

El paso siguiente en la tesis fue llevar este marco teórico a un sistema empírico. Para ello comenzamos a combinar datos de movimiento, distribución de pesquerías, descartes, captura incidental y demografía utilizando albatros de ceja negra y pesquerías de arrastre del sur de Chile como sistema de estudio. Así, la tesis fue avanzando desde la identificación de un patrón comparativo hacia la exploración de sus mecanismos y, posteriormente, hacia su evaluación en un sistema real. 

Sobre el autor 

Mi entrada a la ecología estuvo muy ligada a las aves marinas. Al comienzo de mi carrera tuve la oportunidad de empezar a trabajar con Alejandro Simeone, quien me introdujo al mundo de la ecología de aves marinas y ha tenido una influencia fundamental en mi formación. Durante siete años colaboré con él en monitoreos y conteos de aves marinas en la bahía de Valparaíso, en Chile central. Esa experiencia de observación sistemática y de largo plazo fue despertando mi interés por preguntas ecológicas más amplias y finalmente me llevó a desarrollar mi tesis de magíster en ecología de comunidades. Desde entonces hemos seguido trabajando juntos, especialmente en preguntas relacionadas con las aves marinas y su interacción con las pesquerías. 

Durante mi doctorado, que desarrollé bajo la supervisión de Alejandro Simeone y Cristián Estades, mi interés se fue desplazando desde la descripción de patrones ecológicos hacia los mecanismos que los generan. En particular, la forma en que Cristián aborda los problemas ecológicos desde una perspectiva mecanicista tuvo una influencia importante en mi aproximación a los modelos basados en individuos. Esto me llevó a pensar cada vez más explícitamente en cómo procesos individuales como el movimiento, la selección de hábitat y el uso de recursos pueden escalar hacia consecuencias demográficas y poblacionales. 

En cierto sentido, mi trabajo actual reúne esas dos influencias. Por una parte está el conocimiento naturalista y la ecología de aves marinas que he desarrollado trabajando con Alejandro. Por otra, la aproximación mecanicista y de modelación que desarrollé junto a Cristián. Actualmente soy investigador en el Laboratorio de Ecología de Vida Silvestre de la Universidad de Chile, donde me interesa especialmente la interfaz entre comportamiento individual y dinámica poblacional, con énfasis en movimiento, selección de hábitat y comportamientos desadaptativos en sistemas modificados por actividades humanas. 

Mi obsesión científica actual son precisamente esos comportamientos desadaptativos. Me interesan especialmente las situaciones en que los animales responden de una manera aparentemente razonable a un ambiente modificado por los seres humanos, pero esas mismas decisiones terminan produciendo consecuencias inesperadas. Las trampas ecológicas son un ejemplo especialmente claro de este problema. 

Fuera de la investigación, una de las cosas que más disfruto es hacer trekking en la cordillera de Chile. Pero también disfruto mucho de algo bastante más simple, que es estar en casa con mi pareja, Manuela Mege, y nuestros gatos. Me gusta cocinar, jardinear y avanzar lentamente en la lista aparentemente interminable de cosas que todavía queremos arreglar o mejorar en nuestra casa. Después de pasar muchas horas trabajando con modelos, código y datos, tanto caminar por la montaña como ocuparme de esas pequeñas cosas cotidianas son buenas formas de desconectarme. 

En mi experiencia, una de las principales barreras para desarrollar una carrera científica en Chile es el bajo nivel de inversión pública en ciencia e investigación. Esto se traduce en oportunidades limitadas de financiamiento y en un mercado académico altamente competitivo, además de generar una presión considerable sobre los investigadores jóvenes para mantener niveles altos y constantes de productividad. 

Precisamente por eso, si pudiera darle un consejo a mi yo más joven, sería dejar de pensar tanto en productividad y concentrarme más en la profundidad de las preguntas. Con el tiempo he valorado cada vez más la idea de la ciencia lenta. Creo que vale la pena tomarse el tiempo para entender bien un problema, explorar sus mecanismos y permitir que una investigación madure, en lugar de medir el progreso científico principalmente por la cantidad de resultados o publicaciones. 

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